Oveja Negra

DE ESA MIEL NO COMEN LAS HORMIGAS


08 de octubre de 2017

Oveja Negra

La mentira, comprendida por todas y todos como esa invención fabulada de patas cortas, aún por artera que sea, es una herramienta banal frente al complejo montaje de una realidad inexistente que se impone con paradójica aceptación, en este nuevo ciclo de restauración de la mitología neoliberal.

Recientemente, Gustavo Varela, en su muy recomendable escrito “una política sin afuera” que publicamos en nuestro sitio web, se permitía sentenciar que al gobierno “acusarlos de mentirosos es inútil, no sirve (…) crear realidad no es mentir, es más grande, es otra cosa. Es una puesta en escena sin afuera”, trazando una inteligente alusión simbólica a aquella obra cinematográfica “The Truman Show”.

La fortaleza de este gobierno se asienta en la inédita unidad que han logrado de los poderosos, las clases dominantes, los grupos económicos, los ricos, los chetos, los vendepatrias.

Desde hace tiempo nos animamos a sostener que la fortaleza de este gobierno se asienta en la inédita unidad que han logrado de los poderosos, las clases dominantes, los grupos económicos, los ricos, los chetos, los vendepatrias, o como se nos cante en mejor modo señalarlos. Los dueños del capital, aquellos que se sienten legítimos propietarios de todas las otras cosas, han construido -hasta aquí- un consenso inédito, que implica aceptar que el gobierno que encabeza circunstancialmente Mauricio Macri es SU Gobierno, y así lo hacen valer.

Alguna vez Cristina Kirchner señaló que a pesar de haber encabezado el gobierno por ocho años, y ser protagonista de la conducción política del Estado durante doce, jamás tuvo la suma del poder político de la Argentina.

Con acierto señaló que el poder económico concentrado en muy pocas familias, legitimados socialmente por un par de corporaciones de la comunicación y protegidos por sus familiares estratégicamente desparramados por el Poder Judicial, constituían un poder fáctico, extrañado de la institucionalidad democrática, difícil de  doblegar a la hora de discutir la distribución de la riqueza en la Argentina.

Si la fortaleza de este gobierno es contar con la suma absoluta del poder institucional, económico, judicial, mediático y de negocios ilegales de nuestro país, la fortaleza aún mayor que están logrando conquistar, es la capacidad de construir una realidad inexistente, fabricada con un puñado de conceptos vacíos, nutrida de certezas que -de tan falsas- se contradicen con la certeza que la precede. Han logrado construir una realidad, en la que viven los dueños de la miel, aquellos que se endulzan con la miel ajena y quienes la despreciamos, pero sin capacidad de cuestionar que la miel no existe, y que tan sólo, está edulcorando un presente plagado de mierda; y un futuro aun peor.

Ahí afinca la paradoja más grande. La realidad inexistente, se asume como certeza ineludible, aún por quienes la cuestionamos con vehemencia.

Algunas certezas incontrastables con la realidad se vienen imponiendo desde hace semanas, y pretenden encerrar en el domo ficcionado por el neoliberalismo, la voluntad  de lucha de un pueblo. Así transita con adeptos, esa extraña sensación de derrota que sobrevino a un triunfo electoral, quizás no el esperado, pero triunfo al fin, por más silenciado que fuera. Una sensación que no puede encontrar explicación racional, si no se sostiene sobre dos invenciones fatídicas. Una, que cambiemos obtuvo una victoria de dimensiones históricas. La segunda, que Cristina Kirchner es un obstáculo para que el peronismo recupere su vocación de mayoría. Una estupidez, más grande que la otra.

Cambiemos obtuvo el 36% de los votos en términos nacionales. Retrocedió brutalmente en varias provincias -entre ellas Jujuy- fue derrotado en la Provincia de Buenos Aires y Santa Fe, retrocedió en Mendoza, Tucumán y Córdoba. Con una elección similar, proclamaron en 2009 el fin del kirchnerismo.

Cambiemos obtuvo el 36% de los votos en términos nacionales. Retrocedió brutalmente en varias provincias -entre ellas Jujuy- fue derrotado en la Provincia de Buenos Aires y Santa Fe, retrocedió en Mendoza, Tucumán y Córdoba. Con una elección similar, proclamaron en 2009 el fin del kirchnerismo. Lo único cierto es que junto a De La Rúa, la Alianza Cambiemos, ha llevado adelante la peor elección de un gobierno que asume el poder y concurre por primera vez a las urnas, desde el retorno de la democracia hasta nuestros días. Para contrastarlo, hace falta ir a ver el 46% que obtuvo Alfonsín en el 85, el 42% de Menem en 1991, el 44% de Néstor en 2005 y cotejarlo con el resultado actual. Aun así, por arte de repetición, por momentos asumimos que la fortaleza de este gobierno está afincada en los votos urbanos que siguen creciendo, ahí donde la ficción  sigue endulzando consecuencias.

Cristina Kirchner ha obtenido cinco millones de votos, tan sólo contando los 3 millones seiscientos mil de la provincia de buenos aires, y aquellos colectados por las expresiones de Unidad Ciudadana llevadas adelante en otros distritos electorales.

Por su parte, Cristina Kirchner ha obtenido cinco millones de votos, tan sólo contando los 3 millones seiscientos mil de la provincia de buenos aires, y aquellos colectados por las expresiones de Unidad Ciudadana llevadas adelante en otros distritos electorales. Dejando afuera de la fría suma matemática las expresiones del peronismo que por alguna extraña razón, la realidad inventada ha desagregado del liderazgo de Cristina Kirchner, tal y como si el 99% de los intendentes del peronismo bonaerense no fueran parte hoy, de idéntica opción electoral.

Alguna vez Agustín “el chivo” Rossi, sentenció que hay mucho más reconocimiento de Cristina Kirchner en la gente que en sus dirigentes. También alguna vez, algo de eso le pasó a Perón, cuando mucho de sus dirigentes, veían en un líder condenado al exilio, las causas de la disgregación de su movimiento.

Pero claro, un día Perón volvió. No sólo porque los miserables que gobernaron 18 años la Argentina bajo un programa de miseria planificada terminaron encerrando su realidad ficcionada sobre ellos mismos, al punto de su asfixia. Si no fundamentalmente, porque la organización popular, aquella que antaño fue condenada a protagonizar la barbarie, que fue resistencia cuando se la condenaba a reivindicar un tirano depuesto, logró construir las victorias necesarias para debilitar al régimen y desnudar la telaraña de conceptos que edulcoraban un futuro, que en la esencia, era un destino horrible para nuestro pueblo.

Debemos superar la impotencia, la desazón, los bajones o lo que sea de lo que nos convencieron, para enfrentar una realidad ficcionada por el poder que se instala con efusiva eficacia.

En estas semanas que nos separan del 22 de octubre, debemos superar la impotencia, la desazón, los bajones o lo que sea de lo que nos convencieron, para enfrentar una realidad ficcionada por el poder que se instala con efusiva eficacia. Construir una victoria enorme en las urnas, no va a ser anticipado jamás por las encuestas, así como la resistencia jamás será transmitida.

La militancia, esa energía arrolladora parida de las entrañas de lo mejor de nuestro Pueblo, es la herramienta indispensable con la que cuenta el Movimiento Nacional. Su liderazgo, aquel respaldado hace semanas por cinco millones de compatriotas, y reconocido por muchos más, es el arma que más le duele a la restauración neoliberal. Nadie está en condiciones de poder darle lecciones de peronismo a su militancia. Nadie puede darle lecciones de peronismo a Cristina Kirchner. Menos aún, aquellos que algún pragmático con nostalgia, condenaría por carecer de votos para abrir la boca.

Hemos sido la barbarie de una civilización ficcionada. Hemos sido el pasado de un presente sin futuro. Y hemos sido la esperanza de nuestro Pueblo, siempre, y mil veces siempre que han intentado condenarlo a la miseria. Nuestro destino es el mismo, en este día y cada día: militancia, solidaridad, sacrificio, ovarios y pelotas. De esa miel, no comen las hormigas.


                                        Colectivo de Medios Oveja Negra

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