Oveja Negra

Las buscafama


02 de febrero de 2018

Oveja Negra

Nadia García analiza sobre la irrupción de voces femeninas en un campo minado de silencio: el de los medios de comunicación.

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Por Nadia García*

Están ahí, intentando copar las pantallas de televisión de aire y cable, los portales de noticias, las carteleras de algún teatro o cine. Son actrices, músicas, conductoras, modelos, periodistas, que han ido sumando, tímidamente o aguerridas, su testimonio de lo que sucede cuando se apagan las cámaras, y todos miran hacia otro lado. Son parte, admitidas o no, de lo que las voces más resonantes de la comunicación moderna llaman con soltura, y un alto grado de desconocimiento histórico, la Gestapo feminista.

Las buscafama son aquellas mujeres que irrumpen mediáticamente en una comunicación eminentemente masculina, que tiene un lenguaje propio y un sujeto claro al cual dirigir la colocación de sus productos en un mercado eficientemente receptivo: el hombre promedio, heterosexual, de clase media económica o aspiracional, comprador de bienes y servicios y elector en democracia.

Porque aunque hace ya algunos años, aunque no muchos, las mujeres contamos con la posibilidad formal (que no siempre se traduce en oportunidades reales) de ingresar al mercado económico y al mundo de la política participativa, la conformación de un sujeto receptor del mensaje, viene algunos kilómetros más atrasada. El análisis de la publicidad comercial, que selecciona a las receptoras de los productos de limpieza y cuidado infantil efectuando un “eficaz” recorte de género, es probablemente el ejemplo más palpable. A su vez, el mundo del espectáculo, del ocio, y de la comunicación informativa, hace lo propio, alzando una voz eminentemente masculinizada, que anhela encontrar eco solamente en aquel sujeto al que dirige la colocación de su producto en el mercado.

Pero el público real, el que en los hechos recibe el mensaje, es más amplio y abarca una pluralidad de sexualidades, géneros e identidades tan grande como la que convive en el seno de la sociedad misma. Sí, nosotras también tenemos televisores, y, en el mejor de los casos, un ingreso que nos permite, con más o menos soltura, destinar una pequeña parte de nuestras finanzas al ocio y al esparcimiento. Y, mayormente, terminamos consumiendo productos que no necesariamente están diseñados para satisfacer nuestras demandas sectoriales. El fenómeno de la masculinización de la información, en la voz de los tradicionales formadores de opinión, reorienta los juicios de valor, poniendo en el banquillo a las que alzan la voz, reprendiendo sus acciones, como haber participado en tal o cual proyecto con un afamado acosador, y sus omisiones, como no haber denunciado un hecho de acoso con la inmediatez que se cree exigible. Una vez más, se logra correr el foco de los privilegios de quienes efectúan deliberadamente el acoso, cayendo sobre las víctimas la responsabilidad de evitarlo, prevenirlo y, solo si la acción configura realmente un acto grave, de gravedad indiscutible para el jurado armado de un corbatero, denunciarlo y, por supuesto, cortar todo vínculo con el agresor. Incluso exigiendo que la artista cambie el rubro de su trabajo si de verdad no quiere ser acosada.

La realidad es un tanto más compleja. El discurso único goza de una hegemonía sin competidores de peso, especialmente en una comunicación oligopólica, y las relaciones de poder limitan las posibilidades de crecimiento profesional y artístico a quienes osan no amoldarse a las estructuras de un ámbito laboral que siempre será más antiguo que la propia experiencia de currículum de cualquier famosa. Es similar a entrar a trabajar a una gran empresa con la pretensión real de modificar los esquemas de distribución de la riqueza generada sobre los hombros del plantel de trabajadores que cobran, apenas y con suerte, un salario mínimo. General, y lamentablemente, la realidad patronal, y la crisis económica, se imponen sobre nuestros deseos de no ser sujetos de explotación, y terminamos haciendo horas extra no siempre remuneradas, realizando más tareas que las que nos fueron planteadas al ingresar, o con acuerdos flexibles e informales con la promesa futura del blanqueo laboral.

La analogía constante con el mercado laboral capitalista no es casual, porque si en la mayoría de los casos la gerencia es mayormente masculina, siguen siendo los hombres con poder de decisión los que regentean los cuerpos y las ideas de las mujeres que trabajan para ellos. También en los medios y en el espectáculo. La masculinidad predominante en la comunicación corporativa será el filtro que tamice una nota de investigación sobre la existencia de techos de cristal en las empresas de la información, y que le dé libre circulación a un Manual Ideal de la Mina Copada (sí, como ese que publicó Clarín, que generó una catarata de críticas contra su autora, y apenas una incipiente y muy mínima indignación contra la corporación multinacional que, desde sus orígenes, es experta en acallar las voces que disienten con el poder que ostenta).

El resultado parece ineludible: el producto a la venta es una guerra entre mujeres que, estadísticamente hablando, han sido igualmente menospreciadas, mal pagas y/o acosadas sexualmente, apuntando sus misiles las unas a las otras, del mismo modo que el crecimiento de la concentración de la riqueza deriva en la famosa guerra de pobres contra pobres, en la cual un trabajador acusa a un desempleado de ser la causa de todos sus problemas económico sociales: desde la falta de acceso a la vivienda y a un ingreso digno, hasta el temor que le ocasiona el recrudecimiento de la violencia en las calles de las grandes urbes. El opresor nos inventa una rivalidad entre los oprimidos y entre las oprimidas, que le permite sostener sus privilegios al margen de toda crítica.

Pero volvamos al mundo de la comunicación. El mercado de la comunicación argentina está plagado de varones que construyen su trabajo sobre la premisa de que la información que distribuyen está orientada a hombres como uno. Convencidos de que el feminismo es una moda de tuiteras desesperadas por el reconocimiento de su labor periodística o actoral, de músicas que solo quieren promocionar sus discos, e incluso de jóvenes que intentan pararse sobre un conjunto de reclamos legítimos con meros fines políticos, porque quieren integrar una lista.

La preeminencia de voces masculinas en los medios de comunicación, está lejos de ser una sensación. En el año 2015 se llevó a cabo el Proyecto de Monitoreo Mundial de Medios (G.M.M.P., en inglés), en 114 países, y entre los resultados arrojados, se encuentra que la Argentina tiene el promedio de firmas de mujeres en medios gráficos más bajo de América Latina. A su vez, a nivel mundial, concluyó en que solo el 37% del periodismo que se lee y escucha, ostenta una identidad femenina. Por su parte, la ONU Mujeres y la Fundación Internacional de Mujeres Periodistas denunciaron que los hombres aún ocupan el 73% de los altos cargos directivos en el sector de las comunicaciones.

Si la tendencia actual de reclamar protagonismo a través de una cámara encendida, se volviese una costumbre normal y habitual que diversifique las voces y opiniones sobre un determinado tema, temblarían los cimientos sobre los cuales la corporación comunicacional construye su mercado de ganancias. Del mismo modo que se sacuden los privilegios del patrón cuando el movimiento obrero organizado decide tomar medidas activas en defensa de sus derechos, para arrancarles un pedacito de la riqueza expropiada.

El potencial de las mujeres que en distintas partes del país, y del globo terráqueo, empezaron a alzar la voz para denunciar los más inexcusables abusos contra sus cuerpos y sus voluntades, multiplicó de forma geométrica una avalancha de denuncias, experiencias y de publicidad de historias que permanecieron durante muchos años guardadas en los arcones del silencio y la complicidad. El negocio de la primicia no pudo contener la tentación, o, simplemente, se vio superado por el desborde de una realidad que ya ninguna anteojera podía ayudar a soslayar. Viéndose así obligado a acercar el micrófono a las miembras de la manada. Pero siempre remarcando, con palabras y con hechos, que la complacencia patriarcal será mejor recompensada.

La falacia repetida hasta el hartazgo de que las buscafama ganan en publicidad por sumarse a un “debate” que también atraviesa sus cuerpos, o del que incluso, han sido, lamentablemente, las protagonistas, se derrumba frágilmente con la realidad de los hechos: las abusadas que, en cualquier ámbito, denuncien pública o judicialmente a sus superiores jerárquicos abusadores, no tienen más facilidad para encontrar nuevas oportunidades laborales, sino todo lo contrario. Así como no le funcionó a María Schneider, cuando denunció a Marlon Brando y a Bernardo Bertolucci tras haber sido abusada sexualmente durante el rodaje de “El último tango en París” (violación filmada que formó parte de la versión definitiva del filme). La actriz confesó en el año 2007 que los gritos y el llanto que puede oír el espectador son reales, y el director admitió haber conspirado con el actor para que él la abusara, porque “No quería que María interpretara rabia y humillación, quería que María sintiera rabia y humillación”. Y vaya que lo logró, más allá de los límites que impuso el set de una supuesta ficción, que asignó durante décadas un manto de silencio sobre la comisión de un grave delito. La ecuación es simple: quienes construyeron sin obstáculos su fama y fortuna, transformándose en sujetos inobjetables e intocables del mundo del cine, fueron los perpetradores de tal atrocidad. María, la actriz cuyo grito nadie escuchó para hacer justicia, no logró volver a conseguir papeles protagónicos. 

La lista de mujeres anónimas que se han alejado del mundo del espectáculo y del periodismo, o que se han volcado a la precarización del freelance, luego de haber atravesado experiencias similares, es interminable. Así como también la de mujeres que han logrado edificar su fama forzándose un silencio que estalla años después, cuando ya se han hecho de un renombre que les asegure un piso de trabajo remunerado, o cuando, como en la actualidad, han llegado a sentirse parte de un conjunto que les provee la seguridad que no pueden garantizarnos las instituciones: si no se calla ninguna, no pueden borrarnos de la faz de los medios a todas.

Porque para ser una buscafama de verdad y obtener el resultado deseado (la publicidad de la propia fuerza de trabajo que se traduzca en contrataciones) el camino que están obligadas a seguir es el del silencio. Solo garantizando una cuota de impunidad al sector jerárquico que pone en duda los principios más básicos sobre el consentimiento y el derecho a disponer del propio cuerpo, es que una artista no pone en riesgo su carrera. Y en el caso de que ese sea el camino elegido por la trabajadora del mundo de los medios, tampoco es condenable su decisión: más bien deberíamos dirigir nuestro sentido crítico al mercado laboral que para garantizarte una cuota de éxito, te exige que silencies las injusticias que avasallan tus propios derechos.

Las buscafama de hoy son esas mujeres que se alzan contra la dictadura del silencio, y le ponen una cara, la suya, a los abusos que sufrimos millones. Son mujeres que se suman, en su ámbito, a un movimiento que desde sus orígenes es catalogado como una moda pasajera, pero que no termina de pasar nunca, porque siempre que exista un patriarcado, habrá un feminismo intentando desenmarañar el entramado de injusticias que genera. Hasta que no quede un solo Ari Paluch frente a un micrófono.

 

*Nadia García es abogada, militante feminista, integrante del Colectivo Oveja Negra.

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