Oveja Negra

Antonio Gil, el gauchito de los humildes


08 de enero de 2018

Oveja Negra

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Cuenta la leyenda que no sólo las agudas estridencias del Pombero interrumpe la silenciosa noche del monte Correntino, tampoco son yacarés los que surcan profundamente sus esteros.

El gaucho Antonio Gil, desde hace un siglo y medio, sigue cabalgando su heroica deserción por el sendero de los más humildes.

Dicen que fue la Guerra la que templó su espíritu. Dicen que fue el egoísmo de los poderosos quien lo empujó a su solidaria deserción, para evitar manchar sus manos con sangre de sus hermanos.-

Con su rojo uniforme atravesó montes y esteros, ligero en su huida, compartía lo robado a los que muchos tenían, entre los que más necesitaban.-

Su largo peregrinar encontraba refugio al costado del camino. Lo resguardaba su popularidad creciente entre gauchos y guainas.

Dueño de una mirada capaz de atemorizar a sus perseguidores, como de enamorar a sus pares, fue construyendo una libertad defendida a lanza en el monte.-

La solidaridad fue su alimento, y el vino ofrecido o arrancado su bebida.

Su exilio no era obstáculo para las fiestas, por eso Antonio Gil se presentó en la festividad de San Baltasar organizada por Sia María la Brasilera. No se privó de los encantos ni de los excesos.

Hasta entrada la mañana, el Gauchito Gil alardeaba con su presencia. La tarde lo sorprendió en plena siesta, entre los cardosantos recuperaba su espíritu, cuando la comisión policial le dio alcance.-

Era tradición fusilar a los desertores, pero el Gauchito Gil tenía grabada en su pecho la imagen de San La Muerte, de ahí que las balas no pudieran nunca darle alcance.-

Aún atado a un árbol, y habiendo sufrido la primera descarga de escopeta, Antonio Gil era vívido testigo del estupor en la mirada de la comisión policial.-

Fue allí que el Sargento decidió su traslado, tiempo en el cual, la popularidad recogida en su exilio no le fue indiferente. Se alzaron las voces entre el campesinado exigiendo su perdón.-

Conocedor de esto, el Sargento decide acabar rápidamente con la vida del Gauchito. Para evitar una nueva sorpresa decide colgarlo boca abajo y derramar la sangre de su cuello. Una vez más, Antonio Gil guardaba una carta para impresionar a sus captores.

Le dijo al Sargento: “cuando llegues esta noche a Mercedes, junto con la orden de mi perdón, te van a informar que tu hijo se está muriendo de mala enfermedad. Como vas a derramar sangre inocente, invocame para que interceda ante Dios Nuestro Señor por la vida de tu hijo, porque la sangre del inocente suele servir para hacer milagros".-

Y efectivamente, al llegar a Mercedes el Sargento encontró dos noticias que lo conmovieron en lo más profundo. El Gauchito Gil había sido indultado y su hijo padecía una extraña enfermedad que lo llevaba a la muerte.-

Tan rápido como supo empuñar su cuchillo, el Sargento llegó hasta el lugar donde había derramado la sangre del Gauchito Gil, allí le ofrendó una cruz de espinillos, y entre lágrimas desesperadas clamó perdón por sus actos y encomendó al Gauchito que interceda para la curación de su hijo.-

Y Antonio Gil, dueño de una solidaridad inmensa, no sólo acababa de interceder por la salud del niño, sino que comenzaba a transformarse en el Santo del Pueblo.-

Cuenta la leyenda que aún hoy, en los montes y esteros Correntinos, la noche es perturbada por alguien más que los yacarés y carpinchos. Dicen que al preguntarle a una guaina si el gaucho aún se refugia al costado del camino, se dibujó en su timidez una sonrisa inquisidora, “y usted quien cree que lo va a ayudar a llegar hasta su destino”.-

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